SOBRE LA EXPOSICIÓN “ROMANAS”  de Irina Larios 

BAELO CLAUDIA Tarifa (Cádiz)

 

Sorprende la capacidad de creación de Irina Larios en esta nueva propuesta que presenta  en el museo junto a las ruinas romanas de Baelo.

Nos sumerge, la autora, en una “instalación escultórica” que tiene su origen en el descubrimiento de la primera tumba dedicada a una mujer en Hispania (Junia Rufina). Irina no solo hace un trabajo impecable  que tiene como base la cerámica, nos presenta un “retablo” donde tradición,  creatividad  e inteligencia se unen. 

Parecía que las estrellas estaban ocultas y, que nombres de mujer y su identidad habían desaparecido en una especie de agujero negro de ignorancia. Irina descubre de nuevo  la luz en esas estrellas de bellísimos nombres romanos, dándoles reconocimiento y personalidad a través de formas identificables,  viveza en la expresión y movimiento.

La propuesta  de Irina Larios emociona, el lugar donde están expuestas tan cerca del descubrimiento arqueológico, también.  Una exposición universal pero muy íntima, donde cada nombre y su imagen aparecen en ese firmamento inmenso y solitario. No estoy seguro si se parecen a las santas en un retablo de iglesia o más bien a un cielo estrellado y quizás feliz por haber recobrado su brillo y humanidad.

Antonio S. Alarcón

Dr. Bellas Artes

 

SOLEDAD SEVILLA

 

No hay comunicación más total que la que se establece entre una obra de artey la persona que la contempla —aquel poema, cuadro, melodía— todos ellos nos toman de la mano y nos llevan a su mundo, y nos sentimos especialmente vivos y esenciales cuando nos entregamos a ese intercambio, cuando contemplamos algo que ha sido creado. Como entran en la vida las obras de arte después de haber sido creadas ¿qué prometen?

Unas se quedan ocultas, otras nos hablan a todos los sentidos porque la milagrosa mirada del artista sujeta y libera y puede captar solo lo esencial. Irina escogió un tema con una cobertura externa de plumas cuyo misterio no se puede desvelar, nos habla desde ese espacio de la vida ligeramente distinto para cada cual que todos esperamos llenar con la experiencia del arte, y nos traslada a ese paisaje extenso que la rodea.

La concepción de la vida privada como obra maestra es el rasgo que describe con exactitud algunas de sus preferencias. Desde su experiencia diaria, proyecta un reflejo descrito en estas esculturas donde los hilos de lo cotidiano van tejiendo esos poemas. Unas veces ese mundo aparece descrito con un lenguaje que es familiar y otras se despega de nosotros mediante una forma que lo vuelve formalmente ajeno a nuestras comunes experiencias. Hay una estética de la repetición, es decir, de la variación y de la recurrencia, al igual que lo hacen las estrofas dentro de un poema o el principio de la variación melódica donde la forma no es más que el crecimiento gradual de un organismo vivo a partir de cualquier premisa que el compositor escoja.

Tal como la luz crea la sombra, y la raíz sujeta la amapola, y las ondas de la superficie nos alertan sobre el abismo; Irina rescata la poesía de su entorno que no tiene carga negativa.

 

Soledad Sevilla 2010

 

EL TIEMPO Y EL ESPACIO

 

Descartes separó el tiempo y el espacio; podemos volver a un lugar de nuevo, como las aves, pero no podemos encontrar el ahora.

La creación del artista vuelve el pasado al presente, recupera ese instante ya vencido, lo perpetua,  y fuerza al tiempo y al espacio a ser compañeros inseparables.

La última obra de Irina ha captado la ambigüedad de esos conceptos, y nos explica con intuición y sencillez esa confluencia.

El espacio, lugar natural de los pájaros, con su misterioso eterno retorno migratorio.

El tiempo, atrapado por esos hilos de recorridos inversos.

La mirada de Irina nos enfrenta a ese misterio difícilmente explicable con palabras, a la vez que nos conmueve profundamente.

 

Soledad Sevilla

Galería Nando Argüelles, abril 2012

 

IRINA LARIOS: UN MARAVILLOSO SENTIDO DE IMAGINACIÓN

 

Es poco frecuente encontrar un ceramista como Irina Larios, que en cada obra mantenga el don de sorprendernos. Con demasiada frecuencia, y sin

subestimar su buen hacer, muchos ceramistas realizan formas

convencionalmente predecibles, y restringen la gama de sus esmaltes

a una escueta paleta de color. En claro contraste, Larios posee un genuino

y fácil sentido de la creatividad. Su estilo es sofisticado y sus atrevidas
y sugerentes formas están en constante evolución.

Como todo buen creador, su visión es autentica e individual. Sus opciones no son arbitrarias y con cada pieza nos transmite la sensación de un trabajo meticuloso, reflexivo y calibrado en un continuum artístico hasta obtener el más alto nivel de perfección.

Ya sean las series de sus pájaros posados, las semillas voladoras, o los

grandes aros, uno siente que su obra ha sido concebida en un silencio

monacal, en donde las ideas se modelan a través de la poesía de sus manos.

El resultado es una propuesta enormemente decidida que abre nuevos campos en la cerámica contemporánea.

Sus obras, además de disfrutar de su propio y particular espacio, invitan al tacto, a ser sostenidas y a ser acariciadas. Esto no se debe únicamente a su belleza y armonía, sino que además conservan el vínculo original con

la materia de la que fueron creadas, la Tierra. En el más amplio sentido,

el mundo natural es parte de su esencia de tal modo que, incluso cuando las formas están deliberadamente distanciadas de el, la inspiración de Larios en la naturaleza intensifica su naturalismo. Su obra se inspira en

él, y aunque deliberadamente se distancie de la naturaleza, la artista no deja de evocar suprimordial naturalismo.

Sus esculturas están meticulosamente esmaltadas y Larios se desenvuelve con maestría en la aplicación de las más diversas técnicas de acabado. Su sentido de la tonalidad es refinado y aunque sus texturas mantengan una aspereza levemente sugerida, utiliza los esmaltes de una manera rica

y sutil. Tanto expuesta en interiores como al aire libre, nos deleita y ocupa su merecido lugar junto a la escultura en bronce, madera, o mármol.

 

Robert Graham

Periodista y Critico del Financial Times

 

LOS PÁJAROS DE IRINA 

 

Los mundos que investiga Irina Larios son muy diversos. De su trabajo en

cerámica emergen semillas gigantescas, fragmentos de lluvia, diábolos azules, colinas circulares, agujeros negros... Un sinnúmero de aventuras que, como su propia autora, avanzan siempre y con delicada decisión hacia aquello que habita más allá. Normalmente, su materialización contiene una cierta música callada. En ocasiones incluye unos pájaros cuya presencia da escala —o quizá escalas— a dichos paisajes musicales. Otras veces en cambio, los propios pájaros echan a volar y, a solas o en bandada, se posan sobre los cables, las barras y las azoteas. En tales casos, constituyéndose ellos mismos en el corazón de la escultura, asumen los deberes mágicos tradicionalmente propios de la obra del arte.

Se cuenta que en el siglo V antes de Cristo, fue famoso en Grecia el certamen entre Zeuxis y Parrasios para decidir quién era el más grande de los pintores.

Cuando Zeuxis descorrió la cortina que cubría su cuadro, los pájaros se

lanzaron a picotear las uvas allí pintadas. Pidió entonces a Parrasios que

descorriera la que cubría el suyo y este le contestó que no podía, pues estaba pintada en el cuadro. “Yo he confundido a los pájaros, pero Parrasios me ha confundido a mí”, comentó noblemente Zeuxis. Analizando esta leyenda a mediados del siglo XX, Jacques Lacan reparó en algo que diferencia a los humanos de los restantes animales: mientras ellos se concentran en la apariencia, nosotros nos sentimos atraídos por lo que habita en su interior.

Y algo así sucede con los pájaros de Irina. Es cierto que su calidad artística es indiscutible, como lo son la cuidada selección de arcillas y metales, la

profundidad sutil de los esmaltes, el craquelado leve de las plumas o la feliz

armonía de los colores. Todo ello son evidencias, cosas que saltan a la vista o incluso al tacto de quienes nos aventuramos a poseerlos. Pero más allá, en los ámbitos silenciosos del alma, acariciarlos despierta a veces efectos

semejantes a los de la lámpara de Aladino. Esos pájaros son capaces de

narrar las tardes del oriente o llevarte en su vuelo a territorios de ensueño o rememorar contigo historias casi olvidadas. No exagero:

Una vez vino a morir un pájaro a mi casa. Se posó sobre mi dedo, sobre mi

cabeza, sobre mi máquina de fotos y revoloteaba gracioso en mi derredor.

los pocos minutos, estábamos tan encariñados el uno con el otro como si nos conociéramos desde hacía muchos años. Cuando preparé la comida, vino conmigo, pero no quiso comer nada. Más tarde, un tanto menos vivaz, me acompaño a la siesta y se posó junto a mi mano. Al despertar, yacía sobre mi manta, frío y tieso, literalmente como un pajarito.

Esta historia breve y menor —quizá demasiado personal— sucedió hace unos quince años y no duró más de tres horas. Si la cuento aquí es porque mucho tiempo después, en la misma casa y en la misma habitación, recibí como regalo un pájaro de Irina, al tiempo que recuperaba una vieja amistad. Fue uno de esos milagros menores del arte. Como un destello poderoso, se iluminó lo extraordinario que yo apenas recordaba en aquella historia humilde. La poética vivencia del pasado reaparecía en este presente que ahora me entregaban. Lo vivo y lo inerte, el ayer y el hoy, lo desmedido y lo minúsculo se combinaron dulcemente, desprendidos del tiempo.

Evocando la leyenda de Chuang Tzu y la mariposa, aquel encuentro fugaz

pudo haber sido anuncio de esta cerámica o bien esta cerámica pudo haber

nacido para albergar en su interior —inolvidablemente— la memoria de aquel pajarillo. Cuando ahora lo contemplo reflejando en su piel la luz de la mañana, siento una suerte de plácido agradecimiento y creo que ambas consideraciones resultan ciertas. Sentidas, naturalmente, desde la honda

e indemostrable certidumbre con que el arte nos permite barruntar lo que habita más allá.

 

Rafael Trénor

 

PÁJAROS DE CERÁMICA

 

En una preciosa casa del siglo XII sita en la calle Mercaders 15 —al lado del mercado de Santa Catalina— duermen estos días los pájaros de Irina Larios.

La artista de raíces andaluzas presenta por primera vez en Barcelona una selección de su obra en cerámica que cuece con mimo en los hornos de su taller de Tarifa. «En el campo donde vivo estoy rodeada de pájaros porque es una zona migratoria muy importante», explica Irina.

«Los pájaros simbolizan el viaje de los animales y de las personas;

el vuelo de las aves es pura poesía y eso es lo que pretendo transmitir con mi obra». El proceso de la cerámica es más complejo de lo que parece… «Cuando abres el horno siempre te sorprende», desvela mientras hace un pequeño recorrido por sus esculturas. «Hay pájaros pero también hay más elementos de la naturaleza como las hojas de cactus, en las que he optado por convertir los pinchos en agujeros». Acabada en mate o en esmalte, la obra de Irina rezuma paz y naturalidad. La muestra recala en el Borne hasta el 30 de abril.

 

M. Güell

ABC Barcelona

Miércoles, 21 de abril de 2010.

 

ASOCIACIÓN DE CERAMISTAS DE CATALUÑA

 

En la Asociación de Ceramistas de Cataluña las obras que Irina Larios expone se extienden hacia más de un  horizonte. Irina ha  fabricando esferas hechas de aire y de agua, y  también de fuego. Y ha hecho unos discos “redondos” que giran  como platillos queriendo despegar. Y ahí está el cuerpo de barro fresco del alfarero yacente. Que quietud tan conmovedora la suya. Los viejos guijarros le honran. Su aura me transporta en el tiempo y me hace  soñar.  Allí hay una bola azul turquesa con muchas algas.  Un mar de sargazos que cosquillea a los atrevidos peces que por turnos regresan a por más; y allá en otra bola azul cerúlea, las gráciles  golondrinas nacidas éste año aprenden a volar. Veo también un volcán de intenso rojo mandarín, pero su llama no me quema, más bien siento  frescor y un apacible solaz.

He reconocido en el sueño a unos viejos amigos: Cromo, Hierro, y Cobre los llamé. Fieles miembros numerarios de la tabla periódica; me cuesta recordar. ¿Pero que ha pasado? Que alquimia les ha vuelto jóvenes. Y quien les ha dado renovado color. ¿Vulcano el tenaz? Por sí solo no podría. ¿Tal vez Eolo? No es posible. Demasiado airado. Quien entonces. ¿Será la hábil  Artemisa? Y donde está. Donde se oculta. ¿Que pócimas maneja que a los vetustos metales ha vuelto apuestos y seductores? “Es el Duende amigo mío”, me dices. “Es la música del mar. Es el dorado  Poniente. Es la Luna plateada. Es la roja Tierra  que en mis manos se modela.  Y  no busques más. Está aquí y está allá. Hay que dejarse llevar”.  Y al despertarme del sueño al fin lo vi; y lo entendí ya.  

                 

Clemente Garay